Seguir el rastro del origen del olivo y el aceite significa retroceder seis milenios antes de nuestra era y situarnos a orillas del mar Mediterráneo. Egipcios, hititas, fenicios, asirios o cretenses ya conocían el olivo. El aceite de oliva alcanzó su máximo refinamiento en el s. VIII, de la mano árabe.
En los años sesenta, el aceite de oliva sobrevivió a la fuerte competencia que le impusieron los aceites de semillas. Ahora, por fin, vive un renacimiento. El reconocimiento internacional de la dieta mediterránea le ha abierto las puertas de las grandes cocinas del mundo, conquistando adeptos en zonas y culturas donde antes era desconocido.
Así, aprendiendo de la historia y utilizando la tecnología más puntera, hemos llegado a
, un aceite nacido en el centro del Mediterráneo que ofrece, en mil matices, la complejidad de un zumo de fruta fresca.
